Las poderosas mujeres de Juchitán, México

En Juchitán, al sur de México, en el istmo de Tehuantepec, el comercio y los negocios están en manos de las mujeres, indias zapotecas, que controlan la vida económica de la ciudad. Poseen costosos trajes artesanales y joyas de oro que heredan de madres a hijas. Son reconocidas en todo México por su inteligencia, valentía, habilidad y audacia. En Juchitán de Zaragoza conviven bajo un mismo techo un matriarcado y un patriarcado. Eso sí, en lucha diaria.

En casa de Juanita se prepara la molienda, ha comprado chile ancho, pan, ajonjolí, pasitas, almendras, nuez, plátanos macho, cebolla, canela, chocolate, pimienta y azúcar. Dalila, Roselia y las dieciséis vecinas llevan desde la madrugada trajinando. Los hombres ya han matado la res. El fuego está preparado y la carne troceada. Son las nueve de la mañana y las mujeres continuarán trabajando y platicando hasta el final del día. Mañana se celebra la misa por Gustavo Zarate. Juanita, su viuda, tiene 42 años, cuatro hijos y es tabernera. El marido de Juanita murió de una mala caída hace un año y esta celebración es para festejar que su alma ya ha llegado al cielo y para recordarle a su viuda que no está sola. Las mujeres de Juchitán son muy solidarias.

Juchitán significa «Lugar de las flores». El municipio está situado en un llano. Al norte, la Sierra Madre. Atraviesa la ciudad el río de los Perros. Tiene agua potable y alumbrado público. En la ciudad viven 74.825 personas.

Las mujeres tienen su espacio: el comercio, la organización de las fiestas y «velas», el templo y el altar, la casa y la calle. Los hombres el suyo: la política, la cantina, el campo y la pesca, la poesía y la música. Existe una economía de subsistencia en la que el hombre aporta la materia prima y la mujer se ocupa de comercializar los productos en el mercado. La mujer también interviene en la política a través de diversos movimientos y partidos políticos para mejorar las condiciones de vida de la ciudad.

En el centro de la sociedad juchiteca no se halla el hombre que gana el dinero y lo administra, sino la mujer-madre que provee y gestiona las necesidades de la familia. Es una forma de afirmarse ante la vida, de ser productivas, y eso ha creado un orden social de seguridad. Se trata de una economía en la que el prestigio se basa en la reciprocidad y la confianza entre mujeres.

Ellas organizan velas donde se redistribuye la economía (fiestas populares relacionadas con el santoral católico, aunque tienen su origen en las costumbres animistas zapotecas que adoraban animales y plantas). También montan tandas o créditos para conseguir dinero, joyas y trajes de artesanía.

La casa de la madre es un lugar de aprendizaje para la vida. Se aprende a ser negociante, a regatear, a tener un espíritu fuerte, a ser generoso, a afrontar la vida. Y en este don nace una forma de abordar el comercio, de frenar las fluctuaciones de un mercado desestabilizador en el resto de México y que aquí configura una realidad diferente. En Juchitán las muxes (transexuales) son educadas como niñas y aprenden los secretos del comercio.

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